Quedan 5 teléfonos públicos en el ex terminal terrestre Cumandá. Ventanas, puertas, servicios higiénicos y hasta alambres fueron extraídos ilícitamente. También los restaurantes, cabinas de transporte y mensajería han sido desmantelados. El Cumandá, tras cinco meses de su cierre, se convirtió en “un esqueleto”; únicamente columnas cuarteadas y muros destruidos sostienen el edificio.
Un aire frío recorre las columnas despostilladas, vidrios rotos, piso quebrado y luminaria apagada. El eco resuena con el solo pronunciar una palabra. Se recorre cada pasadizo con sigilo, temiendo que “amigos de lo ajeno” se oculten tras aquella puerta o esquina. Temor, angustia y ansiedad por conocer lo que ocultan espacios invadidos solamente por la oscuridad. Lentamente, con el sentimiento que te están observando y con inseguridad, cada rincón se revela por sí mismo.
No hay nada. El vacío reina el ex terminal. Sin embargo, hace cuatro meses la situación era opuesta. Cientos de personas – ladrones, indigentes y drogadictos – ocupaban el edificio. “Esto estaba llenito”. Los policías municipales tuvieron que “peinar el área”, menciona el Policía Araujo. “Tocó decirles que se vayan, que es prohibido”.


Preparar helados es su diario vivir, es su supervivencia, pero más que todo es tradición que no se ha perdido. Así, Luis Antonio se ha convertido en un ícono del Centro Histórico.