Enmarcar una montaña, niebla y siluetas difusas con el borde de la ventana del bus interprovincial, donde una niña duerme, puede resultar bello. Sí, un delgado caucho negro, cortinas amarillas brillantes y el cristal empolvado muestran un fondo majestuoso. La cadena montañosa se prolonga hasta donde la vista se pierde en frondosos verdes, fortificados marrones y perfiles azulados. El movimiento del carro no la despierta de su plácido sueño. Quien sabe e inclusive sueñe con la selva, verdes vivos en inhóspitos paisajes. Cuando abra sus ojos estará en el Puyo y no se dará cuenta del dulce cuadro que formó.
Un cuadro no planificado
26 julEn un proceso de color, dolor y significado
27 sepTatuajes: una mirada en profundidad
No, no era oscuro; las paredes estaban limpias, sin manchas de tinta o de grafitis; piso de baldosas blancas relucientes acogieron mis pasos cuando atravesé la puerta de vidrio transparente, con un individuo a cada lado (como resguardando a quienes entraban y salían). Vi guantes antisépticos, agujas nuevas, una máquina negra, la silla donde una chica aguardaba pacientemente y con expectativa en su rostro. Apenas me acerqué a la mesa que representaba la recepción, me preguntaron: “¿qué te vas a hacer?”. Titubeando, la respuesta fue: un tatuaje. Así es, un tatuaje, aunque la sociedad lo discrimine, aunque mis padres rechacen mi decisión, aunque terminé juzgada por la sociedad.
El tatuaje, señal perenne sobre la piel, representa a la persona que lo porta y le confiere identidad; además, es un símbolo, un significado de algo mayor, que sociólogos y sicólogos han estudiado por la profundidad que evoca. Tatuajes hay de todo tipo, de todo color, de diseños diversos y de significaciones infinitas; no es lo mismo un corazón en la mano, que una mariposa en el hombro, o un tribal en el antebrazo. No es lo mismo el retrato del Che Guevara, que un auto Ferrari; no es lo mismo una calavera, que el gatito Hello Kitty. Por otro lado, se ha convertido en moda para los jóvenes, quienes son los que más buscan esta forma de comunicación.
“El tatuaje es una forma de expresión identitaria para algunos grupos sociales sin distinción de clase o cultura. Dicha estética ayuda a construir identidades urbanas a través de la inclusión del cuerpo en el sistema de consumo. En este sentido, la ideología funciona como un metatexto que va dando forma a un tipo de discurso, el cual en este caso también se inserta en el cuerpo tatuado”, comenta María José Chiriboga, máster en Estudios de la Cultura.
“Qué dolor”
“Me duele, pero me gusta”, fueron las palabras de Roberto a la típica pregunta de quien desconoce de tatuajes: ¿duele mucho? El tatuaje tribal de su brazo estaba recibiendo las últimas punzadas de color que impregnadas en su piel se transformarían en la “libertad del Espíritu”, significado que denotaría el tatuaje. Pequeñas gotas de sangre surgen después de cada pasada de la aguja, las manos del tatuador se cubren del rojo líquido y la tinta negra, hasta que deja a un lado el equipo, limpia una vez más su arte y enrolla la extremidad de Roberto con plástico.
Este es el primer tatuaje de Roberto, aquel por el que luchó contra sus padres, una vez cumplidos los 18 años. “El primer tatuaje reviste las características de un rito iniciático. Algo cambia y se vivencia como diferente. Hay una modificación subjetiva vinculada no solo al cuerpo sino también a la personalidad. La experiencia se asemeja a un ritual que marca el tránsito a un estado más trascendente”, dice Silvia Reisfeld en su libro Tatuajes: Una mirada psicoanalítica.
a COLOR o en ESCALA de GRISES
3 junSi las mujeres son de Venus y los hombres son de Marte ¿de qué planeta son las niñas y los niños?
Indudablemente, sin temor a equivocarme, son de un planeta multicolor, con pasadizos secretos que conducen a millones de toboganes, escaleras y diversión. Un mundo donde cada color, se mezcla con sabores dulces y empalagosos, con el aroma de travesuras y la textura de cascadas de chocolate.
Ese lugar al que todo adulto anhela volver por apenas un momento, un suspiro en el que los juegos y las picardías sean su razón de ser. Los niños y las niñas de este planeta son exploradores, atraviesan por puentes colgantes que llegan a parajes desconocidos de mayor aventura y conocimiento. Solo hay un rincón que no les encanta, pero al que les toca ir y que la final les termina gustando: el intrigante mundo de la educación.
Pero, también existe un planeta en escala de grises y rojo, en donde viven muchos niños y niñas; donde el sol se opone a alumbrar sus caminos, donde el sonreír es una transgresión, donde el soñar está prohibido y donde su vida es un cataclismo. Es un mundo frío, lleno de sombras, de desencanto y dolor.
Un lugar en que cada rincón provoca miedo, donde los caminos conducen a las pesadillas más temidas; un espacio en el que la alegría y los chispazos de dulzura de la niñez son ahogados por golpes secos y gritos de angustia. El rojo aturde sus miradas y el negro corrompe su frágil corazón. Solo hay un sendero que vislumbra un mundo de color, pero su transitar resulta cercano a lo imposible: la educación.
Lo paradójico es que los adultos transformamos los planetas de los niños, nosotros los convertimos en mundos llenos de color y aventura, o en lugares de temor y desencanto. Para ellos es natural la alegría, la confianza, el amor; pero, nosotros lo adulteramos con nuestras acciones. Padres y madres pueden convertir la vida de sus hijos e hijas en belleza o fealdad.
La sociedad puede discriminarlos o aceptarlo; ofrecerles oportunidades a todos, o negarlas a un grupo de niños y niñas. El Estado puede fomentar su protección y el cumplimiento de sus derechos o puede mantenerlos en un planeta de oscuridad. Nosotros somos responsables de su bien o su mal; permitamos que su planeta sea siempre colorido, con una sola responsabilidad: la educación.


